Autor: Samuel Rondón Véliz
(Docente e Investigador - UNESR)
Desde el preciso instante en que un espermatozoide penetra un óvulo se desencadena una sinfonía biológica que dará forma al sexo y, más tarde, a la identidad de cada individuo. En el vientre materno, durante las primeras ocho semanas, se fragua el “programa” cromosómico y genético que orientará el destino de las gónadas: un par XX dirige el montaje de un ovario, un par XY activa el gen SRY y sus coautores (SOX9, SF1, WNT4…) para erigir un testículo. No obstante, estas reglas no son absolutas: en ciertos trastornos del desarrollo sexual, el guion cromosómico se desdibuja, y aparecen combinaciones inesperadas que desafían nuestro sentido tradicional del varón y la hembra.
A medida que el feto avanza hacia la novena semana de gestación, las hormonas entran en escena. Desde los testículos en ciernes, las células de Leydig liberan testosterona, parte de la cual se transforma en dihidrotestosterona para cincelar el pene y el escroto; mientras que las células de Sertoli producen el factor inhibidor de Müller, silenciando la ruta que hubiera construido trompas y útero. En ausencia de estas señales, un óvulo embrionario sigue su propio plan y esculpe los labios mayores, el clítoris y la cavidad uterina. Simultáneamente, estas mismas hormonas gradúan sutiles “programaciones cerebrales” prenatales, modulando circuitos neuronales que décadas después influirán en el deseo, la orientación y los roles de género.
Cuando el recién nacido vence el umbral del parto, inicia la fase de “expresión”: un amplio escenario donde la biología convive con la cultura, la educación y la propia experiencia. El entorno lo nombra niño o niña, y enseña las conductas (vestirse, jugar, hablar) que se asocian a cada categoría. El individuo, con su propia voluntad y plasticidad cerebral, va hilando un patrón único de gestos, palabras y sueños que puede ajustar o reinventar con el paso del tiempo. Aquí radica la riqueza de la diversidad: Hijras de India, muxhes de México, kathoeys de Tailandia o las virgenes juradas de Albania encarnan distintas maneras de habitar el cuerpo y el género más allá de los moldes binarios.
En este tejido complejo, la epigenética emerge como un actor inesperado: factores ambientales como la nutrición materna, estrés prenatal, exposición a químicos pueden “activar” o “silenciar” genes sin cambiar la secuencia de ADN. Esa memoria molecular se replica a lo largo de la vida y, en ocasiones, se transmite a generaciones posteriores, explicando por qué unas mismas variantes genéticas pueden manifestarse de formas muy distintas según el contexto.
El proceso de desarrollo sexual no concluye en la adolescencia ni se agota en la reproducción: se prolonga hasta la vejez, adaptándose a nuevas realidades corporales, afectivas y sociales. Cada fase (programación, diferenciación y expresión) es un capítulo indisoluble de la historia de cada persona. Y comprenderlo en su totalidad es esencial para desmantelar estigmas, ofrecer apoyo a quienes viven incongruencias entre cuerpo y mente, y celebrar la infinita creatividad de la experiencia humana.
Nota: este artículo se basa en el Manual Diagnóstico en Sexología – Tercera Edición.






